
Una mirada en derredor bastaría para sentenciar que no existía predisposición a que nada ocurriera en una ciudad como aquella. Podría decirse, sin llegar a frivolizar, que los edificios en ruinas frente un descampado ubicado en los suburbios de una antigua ciudad industrial no se prestaban a ningun tipo de interludio lúdico o un receso minimamente especial.
Sin embargo, allí estaban ellas, dos mujeres observandose en silencio, en un rincón entre calles sin vida, bajo un cielo que anunciaba tormenta. La espalda recostaba sobre un muro que expresaba el descontento de algun soñador, recubierto de graffis realizados de manera aparentemente aleatoria. Sujetando con los muslos la cabeza de su amiga, tumbada sobre el asfalto.
Un atisbo de libertad, en mitad de la nada, entre la desesperación de quien lo ha perdido todo y la calma de quien no le queda nada por perder. Una mueca discreta de complicidad, en un dantesco escenario de jeriguillas desperdigadas por el pavimento y yonkis enganchados a la heroina.
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