(Porque a veces, hay que saber reírse de uno mismo.)
No hace tantos años, en un reino muy lejano, gobernaba una mujer algo vanidosa y extremadamente presumida, popularmente conocida como “la reina ambiciosa”.
Estaba tan preocupada por su aspecto, que cada mañana, vestida con sus mejores galas, se presentaba delante de su espejo mágico para preguntarle quién era la más bella del reino. Y el cínico del espejo le engañaba a diario con su meloso acento argentino: -Sos vos, mi reina.-
Tras ser camelada hasta por su propio espejo, la reina ambiciosa, de quien no queda mucho por decir a su favor, se retiraba satisfecha a sus aposentos. Solo hasta el día en el que al inoportuno espejo se le ocurrió que era hora de que su inocente reina conociera toda la verdad. Todo merced a una apuesta.
-Espejito, espejito mágico- comenzó su lamentable ritual-¿Quién es la más bella de este reino?- recitó casi a modo de poema. La expectación creció en la sala, todos menos la reina ambiciosa sabían lo que estaba a punto de suceder. – Si querés que os diga la verdad. . . Vos no sos muy agraciada que digamos.-espetó el dichoso espejo al tiempo que todos rompieron a reír al unísono. La reina, enfurecida, mostró su cólera tirándose compulsivamente del cabello y se hizo un silencio sepulcral.
-No quise decir eso.-se lamentó el espejo, tratando de camelarla una vez más con su encantador acento argentino. – ¡Explícate!- ordenó la reina sujetando todavía algunos mechones entre sus dedos.
- Aunque algunos la consideren algo masculina, Blancanieves es una muchacha de belleza deslumbrante. Ella es la más bella del reino.-
Estas explicaciones no mejoraron nada la situación, puesto que la reina ambiciosa ahogó un grito y comenzó nuevamente a arrancarse sus pelos de cuajo.
Con este panorama, al consejero real no se le ocurrió nada mejor que llamar al que había sido su último ligue: el cazador.
Cuando la reina ambiciosa volvió en sí, recibió al cazador con muy poca dignidad, y menos pelos en la cabeza. Le entregó una cajita de madera y le hizo jurar por Dios –pues ella era tremendamente creyente, del Opus Dei para más detalle- que traería el corazón de la joven Blancanieves en el plazo de un día.
Grisgranizo cambió el juego. Blancanieves recibió en el círculo central. Se escoró a la derecha. Corrió por la banda hasta llegar a la frontal. Disparo. . . ¡Ui! Toda la grada se levantó al instante para aplaudir la magnífica jugada, que aunque no terminó en gol, nadie dudó que fuese buena.
El amanerado cazador encontró a Blancanieves jugando un partido de futbol cuando se disponía a advertirle de las perversas intenciones de la reina ambiciosa. Esperó a que terminara para poder ponerle al corriente de todo antes de que entrara al vestuario.
Blanca, quien se consideraba más bien roja, respondió con un gesto soez cuando el cazador comenzó a hablarle de la reina. – Su majestad desea ser la más bella de este reino. Me ha pedido que guarde su corazón en esta caja.-
Blanca (Roja), perdió los papeles. Habló sobre la monarquía, el Opus Dei, el machismo. . . y no dejó títere con cabeza. Digamos que resumió todas sus inquietudes políticas antes de abalanzarse sobre el cazador. Sus compañeros de equipo la sujetaron pidiéndole calma.
Cuando se tranquilizó un poco, Roja pidió un cigarrillo y escucho atentamente las instrucciones del cazador, lanzándole grandes bocanadas de humo, todavía incapaz de controlar su rabia. –Le sugiero que se refugie en el bosque durante algún tiempo.- dijo tímidamente- solo hasta que la reina haya olvidado todo.- Roja dio una honda calada a su cigarro. Ahora comprendía todo. La reina ambiciosa había perdido el juicio por culpa de la publicidad sexista, que presionaba a las mujeres sin personalidad para que fueran esclavas de su propia imagen. En fin. Tras meditar durante un buen rato, no le quedó otro remedio que aceptar a regañadientes la propuesta del cazador. Así que, mientras él compraba en el supermercado más cercano un corazón de cerdo –no para guisar, sino para entregárselo a la reina ambiciosa.- Blanca, a quien a partir de ahora llamaremos Roja, por respeto, corrió desesperadamente hasta internarse en el frondoso bosque.
La noche era fría, y dado que el bosque no era el lugar más seguro del mundo, Roja decidió mantenerse despierta. Caminó durante algunas horas, hasta que, a lo lejos, le pareció ver una casa abandonada. Se acercó cautelosamente para comprobar que efectivamente, estaba vacía. Con cierto reparo, llamó a la puerta y al no recibir respuesta, entró. No había dado los primeros pasos, cuando se llevó un buen golpe con el techo. -¡Joder!- juró Roja, con palabras impropias de una joven tan bella. Rápidamente, busco la luz a tientas. Cuando la casa se iluminó, se encontró en un desordenado salón en miniatura –que aunque no le disgustó del todo, la decoración le pareció algo pretenciosa.-
Pero dejemos estas apreciaciones de lado. Roja subió por unas escaleras que descubrió en el rellano y entró en una diminuta habitación en la que había siete camas. Evidentemente la casa no estaba deshabitada, sin embargo, compartir era un principio que siempre estaría presente para Roja la roja. Por tanto, juntó las camas las siete camas, sin reparo alguno, para poder echarse a descansar.
En aquella pretenciosa casa vivían siete enanitos trabajadores, que tras una dura jornada de trabajo en la mina, volvían a casa a altas horas de la madrugada. Aquella noche, se llevaron un gran susto al entrar en la casa y comprobar que alguien había osado colarse en su pequeña morada. Visiblemente asustados, los enanitos se valieron de una linterna para inspeccionar por todos los rincones. Buscaron en la cocina, donde los platos de las tres semanas anteriores seguían intactos, decorando la encimera, y desprendiendo el hedor habitual. Y es que ninguno de los siete enanitos era especialmente aficionado a ir al super, porque se encontraba demasiado alejado y la gente tendía a pisotearles cuando
hacían cola para pagar.
Los siete enanitos, se alegraron enormemente de encontrar su salón manga por hombro, tal y como lo habían dejado aquella misma mañana. Sin embargo, en el piso de arriba alguien había dejado una luz encendida, por lo que todos temblaron cuando el enanito pedante –el más viejo y por tanto más experimentado de todos ellos- dijo que era hora de averiguar lo que les aguardaba al otro lado del rellano.
El pánico se apodero de las modestas mentes de los enanitos, de quienes no se podía decir que pecaran de inteligentes precisamente. – ¡Un monstruo!- -¡Socorro!- -¡Quiere comernos a todos!- gritaban. Y así toda una variedad de banalidades que se les pasaban por la cabeza. -¡Shh!- les mando callar el resabidillo experimentado con el índice en sus labios. –Uno de nosotros subirá las escaleras mientras los demás esperamos aquí.- dijo creando de nuevo un enorme revuelo. Sus hermanos comenzaron a señalarse como locos, se agarraban de sus ropajes y se abalanzaban unos encima de otros frenéticamente. Para variar, el mayor de los hermanos puso orden, y escogió a Mudito para la peligrosa hazaña, ya que bien por incapacidad –o timidez- era el único que no podía protestar. Tras la más que democrática elección, y empujado por sus insensibles hermanos, el bueno de Mudito – o Timidín-subió escaleras arriba temblando como un condenado. Éstos lo perdieron de vista enseguida, oyeron el chasquido de la puerta al abrirse y al instante, Mudito bajó rodando por las escaleras. -¿Qué has visto?- le preguntaban sus hermanos zarandeándolo. Pero para su desgracia, Mudito se encontraba tan conmocionado, que a duras penas podía expresarse. Así que, sus hermanos, incapaces de deducir nada, subieron todos juntos al piso de arriba.
Los siete enanitos se sobresaltaron al encontrar a Roja roncando exageradamente sobre sus camas. La rodearon sigilosamente tratando de averiguar la clase de criatura extraña ante la que se encontraban. –¡Es un dragón!- dijo uno de ellos, espantado por sus ronquidos. -¡Una bruja!- -¡Un ocupa!- -¡Una prostituta!-
Exclamaban a los cuatro vientos, haciendo su ignorancia más que evidente. -¡Basta ya!-grito el resabidillo una vez más. –Se trata de una mujer.- sentenció. Todos se miraron entre ellos con gestos de decepción algunos y visiblemente excitados otros, pues–aislados de la civilización-, rara vez habían tenido oportunidad de congeniar con aquella extraña especie.
Todos excepto Gruñón, se acercaron para admirar a Roja, que dormía a pierna suelta sin dar el mínimo indicio de despertarse con el alboroto que se había formado a su alrededor. Hasta que Gruñón, guiado por su mal carácter habitual, espetó: -¡No puede ser una mujer! Y sino, ¿Cómo es que está la casa tan sucia?-
Entonces, los hermanos, se pusieron a protestar todos por lo sucia que estaba la casa haciendo unos comentarios tan machistas que hicieron que Roja se levantara tremendamente sobresaltada. Como si acabara de resucitar, abrió los ojos ante las asustadas caras de los siete enanitos, y sin más miramientos, se abalanzó sobre ellos y
repartió tortazos tan sonoros, que casi la reina ambiciosa, a muchos kilómetros de allí, pudo oírlos.
El discurso feminista duró casi hasta el amanecer, ya que, a juicio de Roja, no resultaba nada fácil concienciar a semejantes ignorantes de algo tan delicado como la igualdad entre sexos. Cuando terminó, los malhumorados enanitos bajaron a la cocina a preparar algo de comida para afrontar otra dura jornada de trabajo en la mina. Ni por un instante se les pasó por la cabeza pedirle a su huésped que les ayudara.
-Hermanos, Roja,- dijo el resabidillo a regañadientes, mirando a Roja una vez que se habían sentado todos en la mesa para desayunar- creo que, puesto que hoy tenemos invitada, es justo que sea ella quien bendiga hoy la mesa.- anunció metiendo la pata de nuevo.
-¿¡Bendecir la mesa yo!?- miró escandalizada la joven- ¡Por favor! ¡En un estado laico como este!- gritó ante la impotencia del resabidillo, que tuvo que morderse los labios para no mencionar que desde que la reina ambiciosa había ocupado el trono, el catolicismo había vuelto a ser oficial. Su parafernalia tenía aspecto de durar otra eternidad, pero, Gruñón, con su habitual tono impertinente le cortó tajantemente para hacerles saber que había llegado la hora de ir a la mina. Sus hermanos nunca le habían estado tan agradecidos. Sin perder un segundo, Roja dejó de hablar y corrió a enfundarse –a duras penas- uno de los buzos de los enanitos. Al ver su extravagante aspecto, los enanitos le invitaron a quedarse en casa, tratando de disimular la risa. Pero ella insistió en ir con ellos, entonando también el “Silbando a trabajar”, negándose tajantemente a ser una mantenida. -¡Camaradas! ¡Vayamos juntos a ganarnos el sustento!- dijo en tono reivindicativo. Y los siete enanitos, cansados de problemas con la joven idealista, obedecieron sin otro remedio.
No muy lejos de aquellas minas, la reina ambiciosa, tramaba otro de sus descabellados planes –nunca mejor dicho, ya que, había procedido por enésima vez, a deshacerse de todos sus cabellos, sin exclusión alguna, en uno de sus arrebatos, cuando había descubierto que había sido engañada por el cazador-.
Tras haber torturado sin piedad al espejo camelador, y haber dado orden de busca y captura del cazador, se dispuso a preparar una poción venenosa para acabar con Roja. La chimenea del castillo desprendía el humo de su maléfico mejunje, levantando así las sospechas de todos los de su alrededor. Pero poco le preocupó esto a la reina ambiciosa. Simplemente se limitó a inyectar su letal poción a una manzana que colocó sobre un cesto lleno de fruta. Después, convencida de que para conseguir un buen trabajo debía realizarlo ella misma, fue en busca de un disfraz con el que engañar a la joven comunista. Y que mejor que vestirse de anciana para conmover el corazón de alguien como Roja. Revolvió por todo el castillo para escoger una vieja túnica negra con capucha, algo raída. Cuando termino de vestirse, se examinó en el espejo y se dio cuenta de que su notable calvicie, no iba a ayudarle mucho. Por ello, puso todo el castillo patas arriba, tratando de encontrar una peluca, o algo que se le pareciera, y agobiada por las prisas, echó mano de una fregona que se colocó, como bien pudo, en la cabeza.
Haciendo un gran esfuerzo para llevar la cesta y caminando con dificultad, llegó la reina ambiciosa convertida en anciana, a la casa de los siete enanitos. Llamó a la puerta con insistencia, esperando encontrar sola a Roja. Sin embargo, no obtuvo respuesta, porque, como ya sabéis, Roja se encontraba en aquel momento, trabajando junto a los enanitos en la mina. Por tanto, la falsa anciana, decidió esperar escondida tras los árboles, por si ésta aparecía. Y así fue, no habían pasado diez minutos, cuando una ennegrecida Roja, con aspecto malhumorado, hizo acto de presencia llevando al hombro una hoz y un martillo. Entró en la casa murmurando y cerró de un portazo. La reina ambiciosa se estremeció al oír el golpe y se planteó si había escogido el mejor momento para llevar a cabo su plan. Miró a un lado y a otro con precaución, y se armo de valor para llamar a la puerta y comenzar su actuación. Cuando Roja salió a recibirle, la anciana agachó la cabeza –con cuidado para que la fregona no se cayese- y hablo con voz quebrada. –Querida muchacha.-susurró- Me he perdido en el bosque, y me preguntaba si podrías darme un vaso de agua para calmar mi sed.- Roja, sin pensárselo dos veces, corrió a la cocina a por un vaso de agua e invitó a entrar a la anciana. Las dos mujeres, se sentaron en el sofá del salón y charlaron largo y tendido. Roja, que era tremendamente extrovertida, le contó sin tapujos los problemas a los que se había tenido que enfrentar desde su llegada a aquella casa. El machismo de los enanitos y el incidente a la hora del desayuno no dejaron indiferente a la reina ambiciosa, quien sintió el cilicio apretándole con más intensidad cuando pronunció unas palabras de apoyo hacia Roja. -¡Y no sabe lo duro que ha sido para mí la primera jornada laboral!- exclamó antes de contarle al detalle como había exigido en la mina unas condiciones de trabajo dignas para todos sus camaradas y los había llamado a todos a la huelga, quedándose sola ante sus superiores. -¡Sumisos! ¡Qué poca vergüenza!- dijo la anciana para ganarse su confianza.- Con lo que he admirado yo siempre a Merx.- añadió haciendo gala de su ignorancia.
-¿El ciclista?- se extrañó la joven. -¡Marx!-corrigió avergonzada-¡Marx he dicho!- se ruborizó. Después, cogió una pera y se la ofreció a Roja a cambio de su gentileza. Ella, la rechazó en un principio, pero dada la insistencia de la anciana, y no queriendo parecer grosera, acabo aceptándola. Pero por desgracia para la reina ambiciosa, quien esperaba impaciente a que la joven cayera muerta, nada le ocurrió a Roja, lo que le hizo darse cuenta de que no solo le había dado la fruta equivocada, sino que para colmo no era capaz de recordar cual era la pieza envenenada. -¡Nooo!- gritó entonces, llevándose las manos a la cabeza. Roja hizo un gesto de incomprensión, no acababa de entender lo que le había molestado. -¿No . .quieres otra preciosa? La fruta ésta viniendo muy buena este año.- dijo tratando de disimular esbozando una gran sonrisa. Roja negó con la cabeza, pero la reina ambiciosa no iba a marcharse de allí hasta que no fuera ella la mujer más hermosa del reino. Así que casi obligando a Roja a comerse una naranja, un plátano, una sandía y por fin, la manzana envenenada, consiguió que la joven se desplomara a sus pies. Sin peder ni un segundo, la reina ambiciosa, se despojó entonces de sus disfraces y huyó rumbo al castillo.
Poco tiempo después, los enanitos llegaron de trabajar, y al ver a Roja tendida en el suelo, persiguieron a la reina ambiciosa hasta acabar con ella.
Roja yacía en un altar lleno de flores, rodeada por los siete enanitos, que llevaban días arrodillados junto a su cuerpo, llorando sin consuelo, cuando a lo lejos oyeron aproximarse un caballo a galope. Gruñón se asomó por la ventana y anunció la llegada de un apuesto príncipe, que cabalgaba hacia la casa. Antes de llamar a la puerta, el príncipe ató su noble corcel al vallado y sacó del bolsillo interior de su chaqueta un spray para perfumarse el aliento. Con aire chulesco y llamativo desparpajo, dedicó una gran sonrisa a los enanitos y se acercó a Roja. –Vaya, vaya. . .- dijo el presuntuoso príncipe cuando se inclinó para besar a Roja. Los siete enanitos se estremecieron al instante. La casa tembló. Roja, a quien todos habían dado por muerta, abrió los ojos y se incorporó. El príncipe rápidamente se arrodillo para pedirle la mano, al tiempo que le acariciaba la mejilla con dulzura. Pero tal como los enanitos hubieran predicho, Roja, totalmente fuera de sí, abofeteó al apuesto príncipe, le recriminó por su conducta machista y no contenta con esto, le demandó por acoso sexual. Vivieron felices y comieron perdices. Fin.
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