
Llevaba toda la mañana temiendo que podía ocurrir. Era el día idoneo.
Lo pensó mientras conducía uno de esos tranvías que recorría traqueteando el centro de Bilbao, en su turno de mañana.
Al cruzar la calle para acceder a su portal, saludo a un par de vecinos que encontró por el camino. Tropezaron con él un grupo de niños, vestidos todos con jersey y pantalón corto por encima de la rodilla. "¡El chiva!¡Qué viene el chiva!"
Sonrió al reconocer a uno de los amigos de su hijo, e introdujo en su bolsillo el tirachinas que había dejado caer a su paso.
Una puerta de madera en mitad de la calle Fernandez del Campo, daba entrada al portal de su casa, donde se detuvo para sacar la llave.
"Buenos días" Saludo el guardia, antes de preguntarle si había visto a unos niños que habían roto los cristales de una farola.
Se encogió de hombros, sin prestar demasiada atención y cuando este se hubo marchado permaneció un rato quieto, con la mirada fija en la farola dañada.
Fue el último en sentarse en la mesa. Al hacerlo, su mujer, su madre y sus dos hijxs, estaban ya esperándole, con la comida servida en los platos.
Se dijo a si mismo que no era el día, no iba a ocurrir, puesto que había pasado ya la una del mediodía sin ningún tipo de señal o tentativa. Aunque era el día idoneo, siguió divagando... Brillaba el sol y el cielo estaba del todo despejado.
Hundió la cuchara en el plato de alubias, mientras escuchaba las protestas de su madre, quien reprochaba al niño que se hubiera comido la mitad de la barra de pan de camino a casa.
Y entonces ocurrio. Comenzaron a sonar las sirenas y se pusieron todxs en pie, con relativa calma, para dirigirse al refugio.
"¿Otra vez los aviones?" Sin obtener respuesta, la madre arrastró a lxs niñxs de la mano. Aunque conocían ya bien el camino al sótano de la calle Euskalduna. Lo cierto es que en las últimas semanas se habían visto obligadxs a acudir en reiteradas ocasiomes, sin hacer demasiadas preguntas.
Él, por el contrario, partió un pedazo de pán y prosigió su almuerzo, ensimismado en su plato de alubias.
Contestó negativamente a su mujer, cuando esta le preguntó si no pensaba moverse.
"Siempre interrumpen la hora de comer."
Al cabo de unas horas de angustia, la ciudad se sumió en un silencio que auguraba el fin de los bombardeos y todxs volvieron a sus casas.
"Se os han quedado frias." Dijo con cierta sorna cuando entraron por la puerta, señalando los platos todavía llenos.
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