miércoles, 4 de febrero de 2009

¿Un título?

La ubicación espacio-temporal no resulta en exceso compleja.
La propia protagonista es plenamente consciente de ello. Ocupa una mesa rectangular, simetricamente colocada, en mitad de la habitación. Su estética, no será descrita por no constituir una variante que altere el significado de lo que se relatará en las próximas lineas.
La cuestión no es esa.

Si se encuentra tecleando tórpemente, transcribiendo los versos de un autor latinoamericano de reconocido prestigio, no es producto de la casualidad. Se asemejaría prácticamente a una autómata, a ojos de un observador externo. En el hipotético caso de que alguien estuviera observandola, cosa que no ocurrirá.

De fondo, suena una música que aunque inicialmente detesta, el transcurso del tiempo hará que la melodía resulte imperceptible, hasta el punto de sumirse en un silencio aparente.

Odia el jazz, lo odia sin remedio. Se obliga a escurlo, hasta olvidarlo, congratulándose por permanecer inmovil, cada minuto que consulta el reloj. Sabe que probablemente sería incapaz de disfrutar de una sesión improvisada, en un pub oscuro acompañada de unas cervezas.
No es propio de alguien de su nivel intelectual aborrecer el jazz. Sin embargo, es un hecho inevitable que negará siempre puertas a fuera.

Evita distracciones. Rehuye de pensamientos que distorsionan su armonía. Se prohibe incluso regodearse en el dolor que le causa el tecleo en los músculos de sus manos.
Que utilice una Olivetti, en lugar de una computadora de mayor envergadura, no es un hecho carente de relevancia. Podría, del mismo modo, haber puesto en práctica su caligrafía con pluma y tintero, sin traicionar a ese afán romántico que la caracteriza.
Se intenta convencer de exquisitez del realismo mágico, sin llegar nunca a disfrutarlo.

La intensidad del esfuerzo incrementará, no así su interés.

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