En visperas del 8 de Marzo, día Internacional de la mujer -trabajadora o no-, charlaba yo distendidamente con una serie de gente, entre humo de tabaco y cervezas, sobre la violencia de género en general. Puntualizo. Todo empezó con una comparación entre la actitud del movimiento antifascista y el feminista, en las respuestas que se les dan a las agresiones.
Recordamos los altercados que tuvieron lugar en Madrid tras el asesinato de Carlos Palomino a manos de un nazi, y barajamos cifras de muertes por violencia machista. Los números hablan por si solos, 17 muertas en lo que llevamos de año. Sin embargo la conciencia feminista permanece adormilada en las mentes de la mayor parte de las mujeres, que ven este tipo de violencia como casos aislados y ajenos a ellas.
Una de las conclusiones más importantes que pude extraer de la conversación, fue el alto grado de tolerancia, que pese a las apariencias, existe en nuestra sociedad. Puede que los casos más graves de violencia, como el día que se salda con 4 muertas, reciban tal atención mediática que nos anestesien a la hora de identificar casos más leves y cotidianos de agresiones machistas que se dan en nuestro entorno. Y puede también que resida ahí la clave y la solución del problema, en los primeros pasos de familiarización y aceptación de la violencia.
Por la mañana, escuché una emisión de radio en el que analizaban los resultados de un estudio que trataba, casualmente, el tema de la aceptación de la violencia a diferentes niveles.
Porcentajes muy elevados de jovenes no consideraban grave una torta en una discusión de pareja, por poner un ejemplo. Ilustra claramente la dificultad de asociar determinados gestos con lo que a fin de cuentas es también violencia sexista.
Atajar este tipo de conductas desde un primer momento, sería un gran paso hacia la desaparición de este fenómeno.
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