jueves, 14 de febrero de 2008

Criminalización

La historia se repite, y así me veo yo obligada a repetirme como el ajo, a pesar de la rabia que me da estar siempre a la sombra de la "izquierda" abertzale.

Quería tratar este tema desde que el domingo al mediodía, cuando me dirigía a mi domicilio, me encontré con ese ambiente enrarecido no tan inhabitual para quienes vivimos en Euskadi. Al llegar a la plaza circular, topé con unos 10 beltzas con sus pelotas de goma a punto, junto a dos furgones. Proseguí mi ruta por Hurtado de Amézaga, y ví que a lo lejos se aproximaba un grupo numeroso de gente, procedente de la manifestación contra la ilegalización, la cual tampoco había sido permitida. Pregunté a un señor que miraba desde la acera si todo había acabado, y me respondió vociferante, repitiendo ochenta veces el nombre de Garzón, que rima con... Vale.

Cruce la calle, y me limité a actuar con normalidad, igual que todos esos ciudadanos de Bilbao que pasean, sin más miramientos entre contenedores ardiendo y autobuses apedreados que paralizan el tráfico, como quien camina por un parque lleno de niños correteando. Una naturalidad pasmosa.

Llegué a casa y encendí el televisor, donde se estaban emitiendo algunas imágenes de los altercados. Comprobé nuevamente que nuestros análisis no convergían. Para los periodistas, se trataba de una muestra más de la naturaleza violenta de la izquierda abertzale, clara prueba de su vinculación con ETA.

Veía yo una actitud agresiva, causada por la represión y la impotencia de ver que poco a poco, el estado toma medidas para dejar sin representación política a prácticamente un 20% de la población vasca. Y sin compartir ni los fondos ni las formas con la izquierda abertzale, a quienes en otras circunstancias crítico duramente, no pude evitar sentir cierta empatía, pues, a mi juicio, en ocasiones escepcionales, como es el caso, el empleo de la violencia -siempre y cuando no atente contra personas- está más que justificado.

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