lunes, 10 de diciembre de 2007

Normativa social: Compórtate o lárgate I

Me referiré en las siguientes lineas, a ese códico moral no escrito vigente en nuestra sociedad. A ese parametro que fija lo normal, lo establecido, diferenciandolo de lo no adecuado, y dicta las normas de comportamiento, que aunque no nos determinan completamente, limitan nuestros movimientos, condicionados por los prejuicios del resto, y nos someten a un juicio en el que premian los valores socialmente aceptados.

He estado meditando acerca de estos valores, contraponiendolos con otros que aunque no son considerados como tal, son a mi parecer igualmente válidos. Valores prácticamente obligatorios, no obstante, siempre caben algunas escepciones. Sobre todo en casos concretos la carencia de unos valores se complementa con otros.

La extroversión es un valor asegurado, prácticamente indispensable, para forjar una personalidad que agrade a los demás. Esto se exterioriza de diversas formas, aunque en lo que respecta al periodo adolescente y de juventud, lo más común es mostrar interés por actividades como salir de fiesta, beber, hablar libremente, con independencia de la relación que se tenga con el receptor... Por eso "todo el mundo" quiere ajustarse a este estereotipo y parecer lo más extrovertid@ posible.
La otra cara de la moneda es el rechazo a la timidez, la introversión y la inhibición. La discreción se considera incompatible con la capacidad de diversión.

La originalidad es otro valor elogiado por las masas. Sólo dentro del marco de lo normal, de lo contrario, la creatividad ilimitada será penalizada, y se calificará a estas personas de escéntricas. La falta de imaginación tampoco goza de demasiada aceptación, puesto es bueno diferenciarse de alguna forma del resto, como ya he dicho, sin destacar más de lo debido.

El trabajo junto con el esfuerzo, constituyen dos elementos desvalorizados, que no concuerdan con la ley del mínimo esfuerzo, la fortuna y los valores innatos, como la inteligencia o la belleza, que si son apreciados por la sociedad.

La superficialidad reemplaza al espíritu crítico, a la curiosidad y la inquietud por lo que nos rodea. Está bien visto el interesarse y entablar conversaciones duraderas, siempre que traten de temas triviales y no metafísicos.

La masculinidad y la feminidad deben de seguirse a la vieja usanza, con algunos matices que se ajusten a lo moderno, pero sin entremezclarse o confundirse de modo alguno.

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