Veía yo una tele tertulia de esas que echan a las mañanas, por simple entretenimiento, cuando los programas de contenido humorístico escasean, vale echar mano de estos debates de risa. Hoy tocaba merendarse a Anasagasti. O mejor dicho, desayunárselo. Y que conste que no seré yo quien defienda a este individuo de grandes ideas y mejores peinados, eso nunca.
Pero hasta alguien de mi calaña siente piedad al ver al pobre hombre rodeado de constitucionalistas, echándosele al cuello por sus comentarios acerca de nuestro querido Felipe. Y digo querido, enfatizando, para que se vea que soy buena ciudadana, respetuosa, y que por supuesto, no deseo terminar entre rejas. Nótese la sorna, principito.
Pues eso, que parece que el PNV no anda fino últimamente. Vamos, que hasta se las dan de revolucionarios tras cuestionar primero la corona y luego la constitución, alegando el derecho a decidir de los vascos y vascas.
Porque en este país de majaras, en el que la derecha se disfraza de socialista y la fascismo se dice popular, hasta el nacionalismo conservador parece innovador. Frente a los constitucionalistas, cualquiera, oiga. Nos creemos esta pantomima que llamamos democracia, mientras los herederos del franquismo campan por ahí a sus anchas, con el dinero de los trabajadores y trabajadoras, de manera impune. Hay dos cosas en este pais innombrable que no pueden ser cuestionadas: La monarquía y la constitución. Como si vieneran dadas de la mano de Dios, oiga.
La constitución del 78 es intocable. ¿A quien le importa que se hiciera deprisa y corriendo para superar aquella etapa que desgraciadamente muchos anhelan?
¿Quiere una consulta popular? Es absurdo, anticuado, estupido y sobre todo ¡anticonstitucional!Es la perfecta excusa, el límite que establece lo legal, lo posible, lo democrático. Nada cabe fuera de ella. ¿Cambiarla? ¡Nunca! Eso sería anticonstitucional. ¿Paradójico? No, constitucional.
Pasarán los años, y seguiremos sin tocarla, sin cuestionarla, porque no se puede, no se deja, señora, hágaselo mirar, es la constitución. Simplemente lo es.
Si no puedes vencerla, únete a ella. Larga vida a la escoria.
Este artículo se autodestruirá en cuanto me metan a la carcel, señora. Mientras tanto, ¡Qué viva la libertad de expresión y las fotos chamuscadas!
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