
Así, con un punto de chulería, pero sin ánimo de darmelas de gafaspasta intelectualoide, diría que el termino telebasura es una redundancia, en vista de los contenidos a los que nos tienen acostumbradxs. Menos mal que de nos ser que llegue a niveles insospechables de desesperación, procuro no enchufarme a la bazofia audiovisual que, tan gratamente nos tienen preparada.
No es por casualidad.
Arremeto directamente contra la estupidez de los programadores de Cuatro, prescindiendo de una argumentación adornada con memeces y rodeos que dejarían a lxs lectorxs indeferentes.
Me remito a lo poco que he visto, prueba suficiente, no obstante, de la incompetencia de quienes componen el equipo de informativos y algunos otros programas producto de la casa.
El extreno del nuevo reality "Pekin express", la semana pasada, llamó mi atención hasta el punto de que al terminar la cena, me quede tal cual, con el culo pegado a la silla, asimilando los deslices lingüisticos de la patética presentadora, y las estravagancias de unos y otros personajes, que iban dandose a conocer a medida que transcurría el programa.
Los equipos consistían en parejas, que por motivos varios -a cada cual más absurdo- habían decidido tomar parte en el esperpéntico espectáculo. Luces y acción. Así deleitaron al español medio con una pareja de gogos, otra de travestis, un profesor de religión y su ex-alumno, un repelente estudiante de políticas -a buen seguro afiliado a las Juventudes Socialistas- con su empleada del hogar... En definitiva, un rosario de personalidades contrapuestas, haciendo gala de la diversidad y el gilipollismo que esta banda de capullos progresistas atribuyen a la sociedad española. ¡Al cuerno!
La aventura no tenía desperdicio. Diez minutos más duré frente al televisor, estupefacta, viendo como aquellos personajillos de tres al cuarto emprendían su viaje a Pekin desde el Oeste de Rusia, con un presupuesto de un euro por día y sin un medio de transporte fijo. Abandonados a su suerte en un paraje dejado de la mano de Dios, balbuceando palabros anglosajones, como caracteriza a la ciudadanía de este país, increpaban a los conductores detenidos para que los transportaran durante parte de su trayecto, tal cual, por la puta cara, vamos. Las gogos achuchaban a los hombres que amablemente se ofrecían a llevarlas, rozando el ridículo y dilapidando la poca dignidad que, al parecer, les quedaba. Vaya chou, señora.
Cuando no fui capaz de asimilar semejantes alardes de idiotez, huí de la cocina para apoyar mis posaderas en algun lugar donde el intelecto humano no fuera sometido a semejante trato vejatorio.
Aislada ya en mi cuarto, lejos del influjo de los denigrantes realities, me cagué en Cuatro y en rostro pálido, cuando se presentaron como una cadena alternativa, hace ya tres años. Valiente mierda, Cuatro y sus telediarios distendidos, de voceros como Manolo Lama y sus secuaces, que en su afán por aportar una visión novedosa de las noticias deportivas, recaen en el sensacionalismo barato, inyectando tales dosis de marujismo que ni los yonquis del morbo son capaces de digerir. Erre que erre, en nombre de la modernidad y la vanguardia, ahora lo que se lleva son los programas rosas, presentados por periodistas de traje y corbata, en horario prime time.
Dejen de insultar al español medio, de subestimarlo con sus contenidos dirigidos a un público borrego y sin criterio, aburrido y carente de dignidad humana. Creanme, no hay forma de engullir su pastelona programación sin sufrir una crisis diabética.
No es por casualidad.
Arremeto directamente contra la estupidez de los programadores de Cuatro, prescindiendo de una argumentación adornada con memeces y rodeos que dejarían a lxs lectorxs indeferentes.
Me remito a lo poco que he visto, prueba suficiente, no obstante, de la incompetencia de quienes componen el equipo de informativos y algunos otros programas producto de la casa.
El extreno del nuevo reality "Pekin express", la semana pasada, llamó mi atención hasta el punto de que al terminar la cena, me quede tal cual, con el culo pegado a la silla, asimilando los deslices lingüisticos de la patética presentadora, y las estravagancias de unos y otros personajes, que iban dandose a conocer a medida que transcurría el programa.
Los equipos consistían en parejas, que por motivos varios -a cada cual más absurdo- habían decidido tomar parte en el esperpéntico espectáculo. Luces y acción. Así deleitaron al español medio con una pareja de gogos, otra de travestis, un profesor de religión y su ex-alumno, un repelente estudiante de políticas -a buen seguro afiliado a las Juventudes Socialistas- con su empleada del hogar... En definitiva, un rosario de personalidades contrapuestas, haciendo gala de la diversidad y el gilipollismo que esta banda de capullos progresistas atribuyen a la sociedad española. ¡Al cuerno!
La aventura no tenía desperdicio. Diez minutos más duré frente al televisor, estupefacta, viendo como aquellos personajillos de tres al cuarto emprendían su viaje a Pekin desde el Oeste de Rusia, con un presupuesto de un euro por día y sin un medio de transporte fijo. Abandonados a su suerte en un paraje dejado de la mano de Dios, balbuceando palabros anglosajones, como caracteriza a la ciudadanía de este país, increpaban a los conductores detenidos para que los transportaran durante parte de su trayecto, tal cual, por la puta cara, vamos. Las gogos achuchaban a los hombres que amablemente se ofrecían a llevarlas, rozando el ridículo y dilapidando la poca dignidad que, al parecer, les quedaba. Vaya chou, señora.
Cuando no fui capaz de asimilar semejantes alardes de idiotez, huí de la cocina para apoyar mis posaderas en algun lugar donde el intelecto humano no fuera sometido a semejante trato vejatorio.
Aislada ya en mi cuarto, lejos del influjo de los denigrantes realities, me cagué en Cuatro y en rostro pálido, cuando se presentaron como una cadena alternativa, hace ya tres años. Valiente mierda, Cuatro y sus telediarios distendidos, de voceros como Manolo Lama y sus secuaces, que en su afán por aportar una visión novedosa de las noticias deportivas, recaen en el sensacionalismo barato, inyectando tales dosis de marujismo que ni los yonquis del morbo son capaces de digerir. Erre que erre, en nombre de la modernidad y la vanguardia, ahora lo que se lleva son los programas rosas, presentados por periodistas de traje y corbata, en horario prime time.
Dejen de insultar al español medio, de subestimarlo con sus contenidos dirigidos a un público borrego y sin criterio, aburrido y carente de dignidad humana. Creanme, no hay forma de engullir su pastelona programación sin sufrir una crisis diabética.
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